¡Plop! 14 de diciembre de 2007

Roberto Pettinato

El lunes fue un día histórico para el país... ¡y yo cómo testigo! Aquí, en una columna especial, los entretelones de la asunción de Cristina, contado al estilo inolvidable de Tato Bores. Y good show.

(Para ser leído en el estilo veloz y caótico de Tato Bores)


Me levanto a la mañana, abombado por el bochinche del patinaje, el canto y el bailongo del nuevo Canal 13, le doy un beso en la mollera a mi mujer y le digo: "Hoy asume Cristina. Hoy, la Argentina recibe a una mujer. ¡Hoy, el país cambia!" Mi esposa, todavía afinando el presupuesto del kilo de tomate, leche, yerba y una pantaloneta para el calor, me dice: "¿Qué me pongo? La miro con mi mejor expresión de Maradona cuando miente y, acariciando el tapizado de un sillón de cuando la calle Alvear no eran sólo bombitas de 40, le digo: "Nena, lo que quieras. Tenes más suerte que la Rabolini. Todo te queda bien, no tenés que soportar la envidia de la Presidenta y mucho menos competir por el alto de los stiletos."

Suena mi celular de 400 funciones. Es mi gran amigo José Presupuesto que me dice: "¿Le enviamos un auto? ¿Una limusina? ¿Una ubicación preferencial?" Bajándole la ansiedad le digo: "José, lo que usted quiera está bien para mí". Ahí va y me dice: "Pettinato, pida ahora antes que el gordo Wilson termine de garpar el cotillón y de los 800 mil no quede una moneda". "Señor José, amigo del alma, en este caso prefiero ir por mi cuenta por las dudas... ¡de que después me hagan facturar!"

Ya en el taxi, el cielo despejado, los bombos latiendo por un peronismo que nunca fue y esquivando un control tras otro como si fuésemos dos caballitos de salto de la Copa Macri del Tartamudeo Polideportivo, llegamos al Congreso. Me paro delante de semejante institución y mi mujer me dice: "Qué emoción, pensar que acá hablaba Lisandro de la Torre, Perón, Alfredo Palacios, Alicia Moreau de Justo". La miro mientras acepto el guiño de uno que en la puerta me dice: "No hace falta credencial. Pasá". Y pienso: "Sí, increíble, el mismo Congreso en donde Adrián Menem pega los chicles de nicotina debajo del pupitre mientras Lilita apaga los fasos sobre la banca".

En ese momento, mi amigo Pepe Chamullo se me acerca y, mientras me dice que mi lugar es en el último gallinero de la cuarta bandeja, me comenta: "Pettinato: Moyano no viene porque le cayó mal la mayonesa". "Para mí eso es una excusa, Pepe —le contesto—. ¡¡¡¡Un camionero que morfa pebetes vencidos untados en diesel desde que pisa la ruta se nos viene a descomponer por un sachet de huevito batido que para la gente del basural es una gloria en vida!!!" Pepe me dice: "Tiene razón, don Roberto. Si Moyano quiere morder, Cristina le va a tener que traspasar la nueva dentadura presidencial para que se adapte".

Siempre con bajo perfil para no ser abducido por la camioneta de artistas que por las ventanitas dejaban ver su tristeza de tapera, un grupo de legisladores tucumanos nos dan un espacio para mirar hacia abajo y ver tantas bancas vacías como quien llenó mal la cubetera. Vuelan papelitos de "Fuerza Cristina", que a propósito del lorca y la humedad reinantes caen como proyectiles sobre el Rojo Avellana Sin Enjuague del solitario De Narváez. Y mientras que diez purretes con cuatro sotas en cada pata de una "joven JP" gritan algo que nadie sigue, aparece la Señora. "¿Te gusta lo que dice?", me pregunta mi mujer. "Lo que dice sí, pero lo que no soporto más son estos empleados atentos a cada final de párrafo para disparar papelitos como si fueran morteros de Telefé..."

"Vámonos, que lo bueno ya pasó", le digo a mi esposa y empezamos un peregrinaje de corso a contramano hasta que encuentro un ascensor más muerto en la oscuridad que asesor de López Murphy. Le digo: "¿Y si salimos por acá?" Entramos, bajamos y una puerta que da a otra puerta. La empujo con la intención de irnos del Congreso... y la buena fortuna nos ubica ahí, en la planta en que se agolpan todas las cámaras, los granaderos, los soldaditos de celeste y mi amigo Ceremonial, que me dice: "Pettinato, se nos perdió el ministro de Corea". "¿Cuál de las dos?" "La del Sur, la otra no existe."

Me doy la vuelta y surge como un faro de Algeciras el Príncipe Felipe, mientras escucho que uno le dice a otro: "Chávez llegó tarde, Cristina ya había empezado y encima los tuvimos que parar porque eran 400..." Ya envueltos con mi esposa entre presidentes y autoridades, ella me dice: "Sigamos la ola". Amparándonos en la falta de fotógrafos, no sé cómo vamos tras Bachelet, gordita y dorada como quien hizo un bollo con un bombón Garoto, tras Chávez, tras Lula, viendo cómo Tabaré le da un abrazo gigante al venezolano y cómo Nacha Guevara se peina el pelo hacia atrás cuidando de que en ese gesto no se le vayan también los cachetes.

Alguien al oído me dice: "Pettinato, se tiene que retirar porque la Señora sólo va a saludar a los presidentes". "Y de qué país es Nacha?" "Nacha es amiga personal de Cristina." Mi esposa me hace un gesto de quedarnos. Le advierto que ahí hay otra puerta que seguramente nos llevará a la salida. Me sigue y aparecemos sobre una alfombra roja que se pierde hacia la calle, rodeados de soldados a un lado y al otro. Ella me dice: "Já, mirá qué buena red carpet". Sin darnos cuenta, aparecemos ante todos los fotógrafos escoltados por granaderos que nos llevan hasta donde vi hablar a Blumberg la última vez. Ahí estaba la plaza llena y el reconocimiento no se hizo esperar. Me di cuenta de que nos habíamos equivocado otra vez.

De pronto, como magia que hace desaparecer millones, El Señor de los Salones nos dice: "Vengan por acá que les muestro el salón de Illia". Yo sólo me quería ir y no entrar en otro laberinto. "¿Quieren saludar a Cristina?" "En realidad, no se moleste. Ya nos echaron." "Nah, vengan por acá." A metros de las demás delegaciones, esta pareja que sólo quería volver a su casa termina estrechando las manos de la flamante Presidenta antes que cualquier otro mandatario internacional. Nunca entendí, ¡¡¡pero pasé del gallinero más oculto a los anillos de diamante!!!

Finalmente, salimos caminando en busca de un taxi. Mientras nos alejábamos, los sonidos se perdían y la ciudad normal de siempre volvía a revivir... Y aunque parezca increíble, pasando por un kiosco, escucho en la radio a alguien que canta:

La propaganda manda,

Cruel en el cartel,

Y en el fetiche de un afiche,

De papel,

Se vende la ilusión,

Se rifa el corazón...-

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